![]() |
![]() |
![]() |
|||||||||||||
| |
|||||||||||||||
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
||||||||
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Documents Documentos en Español Pluralismo
Religioso: ¿Relativismo Ideológico? La historia de la humanidad se ha visto signada por grandes enfrentamientos en el campo de lo religioso. Sus páginas más negras de desencuentros y atrocidades se han escrito en nombre de la fe. Desde la antigüedad los pueblos se han enfrentado en sangrientas guerras en nombre de sus dioses, incluso la victoria de uno sobre otro, significaba la supremacía del dios del pueblo vencedor sobre el pueblo vencido. La presencia de lo trascendente se manifiesta claramente en que prácticamente todos los pueblos de la antigüedad tenían un dios que se dedicaba exclusivamente a acompañar al pueblo que lo veneraba, en el campo de batalla. Tenemos los ejemplos de Ares en Grecia y Marte en Roma. Ya que era su dios quien los guiaba, todos los medios eran lícitos en nombre de su dios, de sus creencias, de su fe. Así vemos imágenes de una crueldad inhumana. Las actitudes de intolerancia, y la posibilidad de utilizar la fuerza para imponer creencias en el campo de lo religioso, encuentran su reafirmación en la llamada Teología de la Guerra Justa de Agustín de Hipona (354-430). Agustín afirma: “Lo que es condenable de la guerra, es el deseo de hacer daño, la crueldad de la venganza, el alma desenfrenada e implacable, la ferocidad de la revuelta, el furor de la dominación. Es para que todo sea castigado, lo cual es justo, pues contra las resistencias violentas las gentes de bien tienen que hacer la guerra: que aquellos la hacen o sobre la orden de Dios o sobre la orden de un poder legítimo, y esto cuando se encuentran frente a una situación tal que la orden misma les obliga, en buena justicia sea a dar una tal orden, o sea, a obedecerla.” 1 El mismo Agustín de Hipona nos da su definición de la Guerra Justa: “Las guerras justas, según la definición ordinaria son las que vengan las injurias, y no importa para nada a la justicia que el que sea vencedor lo sea por la batalla abierta o por astucia.” 2 Es así como poco a poco se fue consolidando la idea de la justicia de la guerra contra los herejes. El Papa Gregorio I (590-604) propagó la guerra para la difusión de la fe. 3 A partir de allí emperadores o reyes francos la usaron como cruzada católica. El pueblo islámico fue quien sufrió esta teoría de la guerra santa. Más recientemente, hacia el final de la Edad Media, vemos que se agudizaron las actitudes de intolerancia hacia los que se atrevían a levantar su voz en contra de la autoridad eclesiástica instituida, como lo hicieron entre otros los predicadores valdenses del siglo XII en adelante, John Wyclif de Inglaterra en el siglo XIV, y Juan Huss y Jerónimo de Praga en el siglo XV. La llegada de la Reforma desató la más atroz persecución desde el apogeo del Imperio Romano, con muchas páginas manchadas con la sangre de inocentes, cuyo único delito fue pensar o creer diferente. En Lima también tenemos testimonios históricos de la terrible Inquisición. Al tiempo que se materializaba una descarnada persecución en nombre de la pureza de la fe, en esos siglos de intolerancia comienzan a levantarse las primeras voces en defensa de la libertad religiosa. La protesta de Spira fue un solemne testimonio contra la intolerancia religiosa y una declaración en favor del derecho que asiste a todos los hombres para adorar a Dios según les dicte la conciencia. ¿Qué pasa cuando se decide no “tolerar” más? Comienza un juego de poder; y en el juego de medir fuerzas para lograr la supremacía se llega a extremos lamentables. Recordemos que experiencias como la vivida en México donde hubo una guerra civil llamada La Cristiada como resultado de los conflictos con la Iglesia Católica, dio lugar a una ley restrictiva en materia religiosa, que ni en la antigua Unión Soviética ni en Vietnam hubo jamás, con tales dimensiones. Y esto ocurrió en pleno siglo XX en un país que, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, sostiene que “el 97 % de la población es creyente, y el factor religioso tiene una gran importancia”. Este mismo científico, tecnificado y avanzado siglo XX fue testigo de otros actos de intolerancia y persecución religiosa que reeditaron los más vergonzosos momentos de la historia de la humanidad. Nos basta con recordar el holocausto judío, como símbolo de otros en diferentes partes del mundo. Estas experiencias nos dejaron grandes enseñanzas. Como también fuimos instruídos por experiencias totalmente opuestas, como la vivida en la revolución que llevó a la independencia de la India. Su líder sostenía: “La tolerancia nos da una perspectiva espiritual que está tan lejos del fanatismo como el polo norte del polo sur; el verdadero conocimiento de la religión derriba las barreras entre fe y fe”. Mahatma Gandhi. Este concepto de Gandhi comienza a permear el pensamiento religioso en Occidente, sin duda como resultado del bien merecido respeto a quien fuera la figura emblemática del pacifismo. Se plantea la necesidad de coincidencias frente al fenómeno religioso. A partir de esto se ve la necesidad de coincidir en puntos generales y esenciales como que la espiritualidad es un ingrediente determinante de la experiencia religiosa, y es sin duda una respuesta al misterio de la vida. Podemos coincidir en que la espiritualidad es a la vida humana, tan esencial como la razón. También podemos coincidir con las conclusiones del Tercer Seminario UNESCO sobre “La contribución de las religiones a la cultura de la paz” 4, cuando expresan:
Pero, el reconocimiento de estas características esenciales de la espiritualidad y sus expresiones en la religión, ¿son suficientes para crear un ambiente de pluralismo religioso? Y aquí cabe una definición. Tomamos las palabras del autor español Antonio Gómez Movellán, que sostiene en su trabajo Laicismo y Pluralismo Religioso: “El pluralismo religioso puede entenderse como la coexistencia de diversas religiones o creencias en una sociedad determinada. Una sociedad pluralista en lo religioso es aquella que en sus comportamientos, tanto sociales como institucionales, admite la diversidad religiosa.” 5 Destacamos que son sociedades dónde tanto social como institucionalmente, se admite esa diversidad. Y sin duda que el pluralismo religioso es un hecho positivo porque puede inspirar diversidad de compromisos en favor de la dignidad humana, de la vida de todas las comunidades y de sus culturas. Al decir de Laurentino Novoa Pascual 6, lo cierto es que vivimos en una sociedad plural en todos los sentidos: plural en el sentido religioso, pero también en el sentido cultural, político y social; todos estos aspectos plurales están interrelacionados. Además, que la realidad es plural no es ciertamente ningún descubrimiento de la cultura o el pensamiento moderno. Esta realidad nos impone sin duda actitudes positivas. Y como consecuencia de ellas es importante aprender a respetar las diversas maneras de pensar y de creer, así como aprender también a amar a las personas por encima de sus ideas, como principio elemental de convivencia humana. No siempre será fácil poner en práctica esta lección, puesto que la intolerancia y el dogmatismo tienen hondas raíces en nuestra historia concreta. En la mayoría de los casos de quienes estamos aquí, nuestra conciencia de pueblo con identidad religiosa lamentablemente se forjó en la lucha y la confrontación político-religiosa de las tres religiones de origen bíblico: el judaísmo, el islamismo y el cristianismo. Nuestra historia ha estado caracterizada por la persecución y la intolerancia. Hemos recibido una herencia de sospecha y rechazo hacia todos aquellos que tenían ideas religiosas o políticas distintas a las nuestras. De esta manera, se ha construido una convivencia basada en la imposición de los más fuertes y en la persecución de los disidentes; una convivencia que ha sido siempre precaria. Una buena parte de la tradición religiosa ,quizá se ha destacado por una marcada tendencia a acentuar las diferencias, que ha conducido a reafirmar y buscar nuestra identidad a través de los elementos que separan y no a través de los elementos que unen; por eso, más que cristianos hemos sido muchas veces “antijudíos”, más que judíos hemos sido “anticristianos” y más que católicos hemos sido “antiprotestantes”, más que protestantes hemos sido “anticatólicos”. ¿Estaremos hoy entrando en el antiislamismo? Otro elemento esencial es el diálogo, entendiendo por tal un mutuo intercambio de mensajes en un plano de igualdad, con alto coeficiente de comunicabilidad, es decir posibilidades ciertas de emitir y consumir mensajes, posibilidad cierta de estructurar nuestro mensaje en un marco de libertad y respeto, posibilidad cierta de compartir nuestras creencias y los fundamentos de nuestra fe sin restricciones, y al mismo tiempo con la libertad de consumir o no esos mensajes como perceptores del mismo, transformándonos en destinatarios o no de esos mensajes, según dicte libremente nuestra conciencia. Bueno sería en el diálogo aprender a aplicar lo que enseñaba Ignacio de Loyola: “Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de estar más dispuesto a salvar las opiniones del prójimo que a condenarlas. Si no puede salvarlas y aceptarlas, esfuércese en entenderlas”. Esto nos permitirá compartir nuestras vivencias, y no solamente nuestras ideas, logrando de esta manera un encuentro más real, profundo y constructivo. En este contexto algunos piensan que para generar un ambiente de menos intolerancia religiosa, un espacio más propicio para establecer un verdadero pluralismo religioso, debemos aceptar las palabras del dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, que dijo una vez: "Hay una sola religión, aunque existen cien versiones de ella." 7 En nuestra sociedad pluralista, una cantidad creciente de personas encuentra atractiva la interpretación de Shaw de la religión. ¿Es posible que el budismo, el cristianismo, el hinduismo, el islamismo, el judaísmo, etc. representen caminos diferentes, pero válidos, que conducen al mismo destino? Creen que tal vez el hecho de ver a la religión de esta forma conduciría eventualmente a menos intolerancia religiosa y a una mayor cooperación entre personas de distintas creencias. Me temo que este razonamiento
entraña un claro peligro para el verdadero pluralismo religioso,
me refiero al relativismo ideológico. Cuando en 1905 un joven maestro de 26 años publicó en Anales de Física un ensayo titulado “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, donde se mostraba que tiempo y espacio, lejos de absolutos, eran relativos, Albert Einstein con su Teoría Especial de la Relatividad jamás se imaginó cómo este postulado, desbordando la Física, iba a llegar a permear casi en su totalidad el pensamiento postmoderno. Debemos reconocer que si en algo Einstein no fue relativista, fue precisamente en su pensamiento religioso, expresado en reiteradas oportunidades. Hoy nos enfrentamos a un marcado relativismo en el plano de las ideas y de las creencias, que muy bien describe Luis Vega al afirmar: “El relativismo, en líneas muy generales, sostiene que aquello que la gente considera justificado creer o hacer, depende sustancialmente de su propia disposición o de sus condiciones particulares de vida (su peculiar constitución, su tiempo y lugar, su cultura, su medio social, su forma de vida). Para agregar más adelante que hay corrientes o movimientos religiosos o seudo religiosos que “predican un relativismo absoluto en el campo religioso, moral e intelectual que disuelve toda noción de verdad y de bien y, por tanto, toda diferencia entre las diferentes creencias y estilos de vida que ofrece el mundo contemporáneo". 8 Llegamos a valorar ciertas actitudes relativas como signo de una cultura ilustrada. El reconocimiento de diversas culturas y costumbres puede alumbrar virtudes como la capacidad de despego y autocrítica, cierta lucidez en puntos de normas y creencias, una saludable tolerancia. Y este pensamiento se va consolidando. Este relativismo religioso ha llevado a los sociólogos Rodney Stark, de la Universidad de Wisconsin, y Roger Finke a sostener que las personas que van a las iglesias son tan volubles como aquellas que circulan entre los anaqueles de los supermercados. Están dispuestas a transferir su lealtad a una marca competidora si la que utilizan les parece gastada o poco inspirada. La "verdad absoluta" es una especie en peligro de extinción, dice el Dr. José R. Martínez Villamil. Añade más adelante: “En aras de una sofisticada tolerancia, pareciera como si los absolutos hubieran desaparecido para siempre. Pocos que han adoptado esta forma de pensar se han detenido a examinar sus débiles fundamentos filosóficos o sus terribles consecuencias prácticas para la vida en sociedad.” 9 Se sostiene: La verdad es relativa... Nos apoyamos en el refrán: “Nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira”. Cobran nuevamente vigencia las palabras de Protágoras, cuando en siglo V antes de Cristo este filósofo griego afirmaba: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Con el avance de la modernidad vino la exaltación de la razón y de la ciencia. Pasamos el centro de nuestra atención de lo trascendente espiritual y sobrenatural a lo temporal, material y natural. Supuestamente se llegaría a explicar todos los misterios de la vida y el orden del universo. Se fueron consolidando los fundamentos que hoy dan lugar a un relativismo donde el centro es el hombre, y parecería que Protágoras tiene razón, “el hombre es la medida de todas las cosas”, incluso de las verdades trascendentes, que hasta ayer eran inmutables. El escritor estadounidense Allan Bloom decía: “Apertura solía ser la virtud que nos permitía buscar el bien usando la razón. Ahora significa aceptar todo y negar el poder de la razón”. Retomo nuevamente las palabras del Dr. José Martínez Villamil: “Los distintivos de la religiones se difuminan en un continuo igualmente aceptable, aún cuando se contradigan entre sí. ´Todos los caminos conducen a Roma´ ha pasado a ser ´todos los caminos conducen a Dios´. El pluralismo religioso, instrumento de convivencia, se ha transformado en un raro ecumenismo interconfesional donde todo cabe y todo es bueno.” 10 Expresiones en contrario a esto, o expresiones que afirmen lo trascendente y verdadero de la posición cristiana frente a otras expresiones religiosas son vistas como contrarias al pluralismo. El cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante la presentación de la Declaración «Dominus Iesus» expresa en este marco en que reina esta concepción de pluralismo, lo siguiente: “En base a tales concepciones, sostener que exista una verdad universal, vinculante y válida en la historia misma, que se cumple en la figura de Jesucristo y es transmitida por la fe de la Iglesia, es considerado una especie de fundamentalismo que constituiría un atentado contra el espíritu moderno y representaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad... En un pensamiento relativista diálogo significa poner en el mismo plano la propia posición o la propia fe y las convicciones de los otros, de manera que todo se reduce a un intercambio entre posiciones fundamentalmente paritarias y por tanto relativas entre ellas, con el objetivo superior de alcanzar el máximo de colaboración y de integración entre las diversas concepciones religiosas” 11. Afirma más adelante el cardenal Ratzinger: “Es comprensible que en un mundo que crece cada vez más junto, también las religiones y las culturas se encuentren. Esto no conduce tan sólo a un acercamiento exterior de personas y religiones diversas, sino también a un aumento del interés por mundos religiosos desconocidos. En este sentido, es decir, en orden al conocimiento recíproco, es legítimo hablar de un mutuo enriquecimiento. Esto, sin embargo, nada tiene que ver con el abandono de la pretensión por parte de la fe cristiana de haber recibido de Dios en Cristo el don de la revelación definitiva y completa del misterio de la salvación, y más bien se debe excluir aquella mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que ´una religión es tan buena como otra´". 12 Muchos piensan que es intolerante asegurar que una religión es la verdadera y que las otras, que están en desacuerdo, son falsas. Este tipo de intolerancia, se señala, ha causado demasiado derramamiento de sangre. Es real que la intolerancia y el fanatismo, sumados a los poderes civiles puestos al servicio del poder religioso, han causado demasiado derramamiento de sangre. Pero igualmente verdad es que el camino para alcanzar un verdadero pluralismo religioso, en un marco de mutuo respeto, no se transita a través del relativismo ideológico. No puedo pedirle a una religión que sustenta su cuerpo de creencias en una revelación trascendente a la experiencia humana, que renuncie a ella, o que la diluya a tal punto que todo pase a ser relativa, para establecer canales de comunicación que en el plano de las ideas nos permitan un intercambio respetuoso, y en el plano de la acción práctica, nos permitan unir esfuerzos para trabajar por la dignidad humana en hechos concretos, que trasciendan los discursos y documentos de concordia. Si revisamos los postulados de verdad de las tradiciones religiosas tales como el budismo, el hinduismo, el islamismo, el judaísmo y el cristianismo, podemos afirmar que todos los caminos no conducen al mismo destino. Al decir de Keith E. Johnson: “Al contrario, las afirmaciones mutuamente excluyentes de las afirmaciones de verdad de las diferentes religiones sugieren precisamente lo contrario. De aquí que si voy a ser intelectualmente honesto creo que la respuesta a la pregunta: ¿Conducen todos los caminos al mismo destino?, es no - todos los caminos no conducen al mismo destino. Consecuentemente, es nuestra responsabilidad examinar los caminos ante nosotros antes de tomar una decisión informada”.13 Ya el filosofo Platón expresó: “Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad.” Incluso dentro del amplio espectro de la cristiandad hay marcadas diferencias en la práctica de la verdad bíblica, según se consideren con mayor o menor vigencia puntos de la revelación. ¿Por qué, entonces, para generar un acercamiento que propicie el diálogo, que nos enriquezca mutuamente, que nos permita emprender actividades de bien para la comunidad, tengo que esperar que el bautista deje de ser bautista, el metodista, metodista, o el adventista, adventista? ¿Por qué para propiciar un marco de entendimiento religioso, las diferentes iglesias y movimientos deben renunciar a parte o la totalidad de su identidad religiosa? ¿Por qué el pluralismo religioso sólo es válido si va acompañado de relativismo ideológico, donde todo es válido, y donde no tenemos derecho a sostener la Verdad tal y como nos ha sido revelada? Todos nosotros trabajamos por la libertad religiosa, trabajamos por generar espacios de diálogo y entendimiento, y es por ello que debemos luchar contra ese extraño pluralismo del que nos hablaba el Dr. Martínez Villamil: “El pluralismo religioso, instrumento de convivencia, se ha transformado en un raro ecumenismo interconfesional donde todo cabe y todo es bueno”. Mientras avanzamos por este camino, evitemos los extremos, evitemos los fanatismos. ¿Por qué cuando nos encontramos con que alguna de nuestras ideas no es aceptada , nos planteamos de manera tajante el viejo dilema: ¿Adaptación o intransigencia? Dice el obispo español José Luis Martín Descalzo: “Me parece que este dilema ha dividido -y aún divide- a los humanos desde hace muchos siglos. A un lado están los idealistas que creen tanto en lo que creen que lo enarbolan cueste lo que cueste. De este grupo han salido los mártires. Pero también los fanáticos. Enfrente están los pragmatistas, los que siguen aquel consejo que el general Torrijos dio una vez a Felipe González: “¿Y qué hacemos cuando la realidad no se ajusta a nuestras teorías? Si somos inteligentes adaptaremos nuestras teorías a la realidad, ya que ésta no se deja cambiar tan fácilmente” 14. No puede ser que la alternativa sea la intransigencia fanática o el relativismo ideológico que nos lleva a la postura de que debemos adaptar nuestras ideas y creencias. Al decir del filósofo Santayana, “el fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo, después de haber olvidado el fin”. ¿Y cuál es en esencia el fin de la religión? Recordemos la etimología de la palabra religare, volver a unir, restablecer un vínculo que se ha cortado. Y este unir se debe dar en un sentido vertical, trascendente, del hombre con Dios, pero recordando que de nada vale si no lo acompaña un sentido horizontal, del hombre con el hombre. Ya lo decía el apóstol del amor, San Juan, en su Primera Epístola: “El que no ama no conoce a Dios por que Dios es amor”, y agregaba más adelante: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1° Epístola San Juan 4:8,20). Permitanme concluir con las palabras del obispo español José Luis Martín Descalzo: “A mí me encanta la gente que ama, aunque yo no comparta sus ideas. Porque sé que el amor es la única carta que llega siempre a su destino, aunque tenga la dirección equivocada.” 15 1 (Contra
Fausto -22,74, contenidos en Obras Apologéticas- Obras Completas
preparadas por Félix García - Madrid, 1956). |
||