CAPE TOWN, IRLA CONGRESS, COMBATING RELIGIOUS HATRED

 

CONSCIENCE AND RELIGIOUS LEADERSHIP: A CONTROVERSIAL ISSUE.

                                                                                              Prof. Jaime Contreras

                                                                                              Alcala University, Spain

                                                                                             

 

La conquista del derecho de libertad religiosa tiene, obviamente, una compleja historia. Una historia que comenzó cuando en el seno de la sociedad cristiana confesional surgió la cuestión de qué era la conciencia humana y si ésta tenía derechos.

 

Esta trascendental pregunta se hizo muy importante porque quien debía, en cierto modo, responderla era el Estado, es decir, el poder secular que, ya entonces (SS. XVI-XVIII) se veía obligado a resolver el problema de los derechos de la persona individual y sus deberes para con Dios y con el propio Estado. Porque éste no tuvo más remedio que reconocer la evidencia de que el universo religioso no era uniforme.

 

Ocurrió que, ante la variedad de credos que existían dentro de los espacios de jurisdicción estatal, no había otro remedio -más allá de los niveles de confrontación- que arbitrar reglas para garantizar la coexistencia religiosa; tales reglas nacían de principios filosóficos en los que la tolerancia era un denominador común.

 

Lo que quiero decir es que no se trataba de una tolerancia que nacía del comportamiento, más o menos benevolente, del superior para con el inferior errado o equivocado, ni tampoco la tolerancia que se asentaba en el principio pragmático del mal necesario; no, ahora se pensaba en aplicar una política de tolerancia porque la pertenencia individual a una u otra confesión religiosa dependía de la conciencia personal de un sujeto político que cada vez era menos súbdito y, paulatinamente más ciudadano.

 

Estas grandes aventuras ocurrieron en Occidente entre los siglos XVII y XVIII. Desde entonces la conciencia ocupó el primer lugar en el escenario de la cultura y de la política, y ello fue así porque apareció como la razón primera de la dignidad humana y, como tal, se le atribuyeron derechos inalienables: el de existir, el primero, y el de manifestarse, el segundo. La conciencia apareció, pues, como protagonista en el espacio de la diferencia religiosa. Derecho del individuo en la diversidad interna de un conjunto social.

 

En sociedades confesionales, sociedades religiosamente monolíticas, el individuo no tiene otro reconocimiento antropológico alguno sino el que deriva de la adhesión, más o menos pública, al credo religioso dominante. Tal adhesión se espera que se produzca, no tanto de forma pasiva sino por el convencimiento de que ser creyente de ese credo se debe a una donación de la divinidad. Por lo tanto, en este espacio confesional la aceptación de una doctrina no es un asunto de conciencia sino de socialización en creencias y valores. En sociedades confesionales cerradas no hay reconocimiento público ni de la conciencia ni del valor inalienable de la persona; en ellas no hay, tampoco lugar para la diferencia.

 

El odio religioso, que hoy se expresa en múltiples escenarios de nuestra globalidad, no reconoce ni la conciencia, ni la dignidad de la persona ni el derecho a la diferencia. Y, por lo tanto, la condición principal para combatir ese odio es conseguir el reconocimiento público, sancionado por el derecho, de que el otro diferente es sujeto de conciencia y de derechos. En tales principios se fundo, en 1877, la International Religous Liberty Association.

 

Se trataba entonces, comoahora,  de exigir el derecho a reivindicar el principio de conciencia y de otorgar prioridad al orden moral sobre el cual se debe cimentar el ordenamiento jurídico. Desde esta perspectiva moral que se basa en una concepción optimista del sujeto, reside todo principio de tolerancia porque sitúa a la conciencia en relación dialéctica con la doctrina. Por esta razón puede entenderse que una defensa acrítica de un determinado credo religioso puede desatar el odio, la intransigencia y la persecución.

 

Históricamente ha correspondido a los jueces y a los lideres religiosos la imposición de los códigos autoritarios de la doctrina sobre los espacios de la conciencia. En tal sentido el binomio clérigo-juez ha sido la fuente de la fuerza y la intransigencia. El uso de la espada, es decir, de la coacción en asuntos de doctrina, hace imposible que ésta sea capaz de definir un orden moral porque, entonces, el propio juez inhabilita el ejercicio de la justicia y el propio clérigo obstaculiza el espíritu de la doctrina.

 

Tales posiciones jerárquicas de fuerza construyen un principio apriorístico perverso: la defensa del honor de Dios supuestamente ultrajado. Tal es el argumento que la historia repite hasta la saciedad. En 1554, Calvino, por ejemplo, tratando de defenderse de las acusaciones de haber llevado a la hoguera al médico antitrinitario Miguel Servet, escribió lo siguiente: “El mismo Dios exige que nos olvidemos de toda humanidad cuando se nos pide luchar por su gloria. Disimulando con el error y la herejía –continuaba Calvino- se da a conocer que se es cómplice de un crimen”.

 

 Naturalmente, el crimen en aquella Ginebra de mediados del s. XVI, era la disidencia. Y era crimen porque para Calvino, como para otros inquisidores, (jueces) anteriores y posteriores a él, la conciencia del sujeto no podría determinar ningún orden moral por sí mismo. No era el yo y mi conciencia los que iban al encuentro de un Dios por definir, sino que, al contrario, era un Dios ya definido el que buscaba la adhesión de mi yo predeterminado.

 

Y esta enorme diferencia no supone, de ninguna manera, identificar la conciencia con la mera subjetividad, porque ello supondría entender falsamente que la conciencia no puede errar sino, lo que es peor, que está libre de todo juicio objetivo. Ha sido históricamente en este punto, y de hecho lo es todavía en nuestra actualidad, que los protectores de los códigos de doctrina (clérigos y jueces) confiaron más en la bondad autoritaria de la norma que en el espíritu de la misma. Y por ello asumieron y asumen la convicción de la bondad de su causa. Jueces, clérigos, inquisidores y algunos líderes que están en la mente de todos, creyeron en el poder justificativo de una conciencia de autoridad que se creía objetiva porque dominaba la jerarquía, la de la pretendida verdad que se convertia en ley y, por ello, en fuerza.

 

Naturalmente de tales principios se ha seguido, y este es el horror moral más espantoso, una total ausencia de culpa. Con toda seguridad el odio religioso y la intolerancia nacen y se desarrollan en el espacio de satisfacción de una conciencia de autoritarismo exenta de error y sin conciencia de culpa alguna. Y, por eso, parece evidente que sólo la conciencia individual objetiva basada en “la imperiosa voz de la verdad en el interior del sujeto” –como escribió J. H. Newman- es capaz de reconocer la dialéctica del bien y del mal y, por ello, de mantener la capacidad de sentir la culpa, principio básico del equilibrio psicológico de todo ser humano.

 

Se deduce de estas consideraciones la necesidad, actualmente, de afirmar el principio de conciencia objetiva. Ese que, desde sus derechos inalienables, busca constantemente la verdad, que el creyente sitúa en la divinidad y el no creyente en el compromiso moral para descubrirla, como enseñó Sócrates. Por ello la autoridad de un líder religioso no puede entenderse en si misma, en la satisfacción vanidosa del ejercicio de poder que no desea reconocer la responsabilidad individual de los actos.

 

 Los totalitarismos ideológicos, estructurales o coyunturales, no pueden reconocer la libertad moral de las acciones individuales, y sin esa libertad no puede existir papel ninguno para la conciencia. Esta conciencia respeta la autoridad que la reconoce y protege, pero rechaza, con autoridad moral más reforzada, al que se la niega porque en su esencia está el ser humano. El hombre siempre es el principio y nunca la consecuencia. Por ello es conveniente recordar que ni las estructuras políticas ni tampoco los sistemas sociales son causa de conciencia sino efecto de la misma.

 

Por lo tanto, todo liderazgo que no reconozca la conciencia, no puede pretender legitimidad moral alguna, como tampoco lo pueden pretender aquellos sistemas sociales y políticos que organizan sus estrategias por la fuerza cuantitativa de mayorías o minorías.

 

Si hoy existe una crisis de la conciencia objetiva es porque existe un subjetivismo muy extendido respecto de la verdad objetiva. Porque la conciencia no está liberada de la verdad ni de la búsqueda de la misma.

 

No parece posible confiar entonces, en las intenciones del liderazgo religioso que opera desde posiciones autoritarias. Las doctrinas de cualquier confesión de fe que desplazan, del centro de su universo, a la conciencia del hombre, deberían ser revisadas porque no es posible verdad doctrinal alguna que niegue la ontología primera del sujeto: es decir, su conciencia.

 

Si la libertad religiosa defiende el principio de que la relación del hombre con Dios se basa en la conciencia individual objetiva, es posible entender que todo credo religioso reconocerá la diferencia, la defenderá y la proclamará. Por ello existe un espacio de tolerancia sustancial en cualquier credo religioso. Por ello al definir estrategias contra el odio religioso es inexcusable afirmar que todo líder religioso debe asentar su autoridad e influencia sobre los pilares de la conciencia individual objetiva y sobre el principio de una verdad inserta en la propia razón que rechaza, radicalmente la oficialidad, la autoridad y la fuerza.

 

En consecuencia, no puede existir  ninguna cultura de exclusión si se respeta el plano de la conciencia. Por ello el liderazgo religioso, cuando realiza actividades proselitistas, estas no deberán ejercerse contra el principio de conciencia.

 

El conocido mandato cristiano de  “id y evangelizar” no debe olvidar que el objetivo de enseñar no debe excluir a la necesidad de aprender. Las estrategias proselitistas habrán de respetar la cultura de los espacios proselitizados. Ninguna táctica evangelizadora sería aceptable si rompe los sistemas de significados simbólicos de las culturas o religiones receptoras.

 

Sabemos bien, por la experiencia histórica, que la relación entre el “misionero y el nativo” provocó situaciones de disimetrías profundas. En la frontera de contacto se rompieron muchos principios de conciencia y la orfandad cultural afectó a millones de personas. Se pretendió enseñar, las más de las veces, de forma compulsiva sin dar tiempo al conocimiento de los otros; y el abismo entre el misionero y el nativo no pudo salvarse por el desequilibrio del encuentro.

 

En muchos casos la voluntad de acercamiento fue sincera, pero casi siempre ocurrió que, tras la palabra de Dios venía la rapiña del comerciante y la fuerza de la espada. Es verdad que hubo préstamos de un lado y de otro, pero ello no impide reconocer que la agresividad estructural era mayor por parte del misionero. A pesar de la experiencia historica hoy se sigue comprobando tambien que los contactos no  son simétricos y equilibrados.

 

Es evidente que en muchas ocasiones el  proselitismo religioso se expresa desde posiciones culturales que no son neutrales. No hay cultura neutral, en sí misma. Por ello, la propaganda religiosa, a diferencia de la ensenanza religiosa, trata de operar desde posiciones culturales, técnicas y humanas, dominantes.

 

No hace falta ser muy observador para comprobar que en la propaganda religiosa las verdades doctrinales se disfrazan en los espacios culturales hegemónicos buscando la adhesión emotiva o sentimental, forma esta de marginación plena. Una vez mas la propaganda religiosa aparece como la forma de expresión de un autoritarismo.

 

 No pueden aceptarse tales situaciones, muy conocidas de todos, porque ahora, como antes, suponen ahogar la expresión de la conciencia individual objetiva. La disimetría resucita otra vez; las frustraciones colectivas son enormes y el odio se alimenta en un caldo de cultivo de desarraigo. La intolerancia y el menosprecio religioso, en consecuencia, expresan maneras de dominación cultural que, además, manifiestan una moral predicada como protectora y paternalista.

 

En resumen el liderazgo religioso, muy cercano por otra parte al liderazgo politico, anula frecuentemente la conciencia individual objetiva porque la considera enemiga de la seguridad de la comunidad política que el líder dice representar. La historia ofrece una conclusión objetiva: la propaganda del liderazgo politico-religioso respecto de la seguridad colectiva es contraria a la libertad y a la tolerancia.

 

 La reiterada apelación fundamentalista  a la ortodoxia y la seguridad no es otra cosa que una demagógica llamada a un orden conformador y dominante en el que no cabe la libertad ni la conciencia. El orden social de la mayoría, es este caso,  no es sino una falacia para desterrar, como peligrosas y sectarias, a las minorías.

 

Es necesario, por lo tanto, garantizar el principio de conciencia individual objetiva. Conciencia primera que expresa un dominio pleno de moralidad natural base necesaria para, desde la adhesión a la verdad, conformar un espacio de civilidad pública sin el cual no puede ser posible el ejercicio de la libertad religiosa.

 

Fue Voltaire quien, en el siglo XVIII, proclamó el reinado de esa civilidad que descansaba sobre un Dios cuyo sustrato primero era la moral de la conciencia individual objetiva:

“No es a los hombres –escribió en su Tratado sobre la Tolerancia- a los que me dirijo sino a Ti, Dios de todos los seres, de todos los tiempos y de todos los mundos (...) Dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza. Que esos errores no sean causa de nuestras calamidades. Tu no nos has dado un corazón para odiar ni manos para estrangularnos. ¡Que los que encienden las velas al mediodía para celebrarte toleren a los que se contentan con la luz de tu sol!. ¡Que los que cubren sus ropas con una tela blanca para decir que es preciso amarse no detesten a los que dicen lo mismo bajo un manto de lana negra”.